Ahora lo veo a él, durmiendo en el sofá, con los pies colgando afuera
porque su altura no le permite encajarse en tamaño sillón a descansar… y pienso
que hay cosas que me perdí, me cuestiono ¿donde estuve yo todo este tiempo para
él, en qué momento creció de esa manera, como fue que no me di cuenta?
En un segundo recuerdo un millón de cosas y me detengo en una, una vez
que pestañeé. Si, esa vez que cerré los ojos ante la imagen de verlo vestido
con un traje, mi madre riendo emocionada, y mi papá silenciosamente orgulloso. Llevaba
puesto el traje negro de mi mejor amigo, otro niño al que vi convertirse en
todo un hombre en menos de un segundo. Recuerdo que en ese momento yo bromeaba
sobre lo grande que le quedaba ese traje negro, era como un niño perdido dentro
del disfraz de un hombre que él aun no era, y que no tenía ningún apuro en
convertirse. Recuerdo que en ese momento pensaba, exactamente lo mismo que
estoy pensando ahora: ¿en donde estuve todo este tiempo para él, cuando creció
tanto, quién es, adonde irá? Y entre tantas preguntas que embestían mi cabeza y
ponían un tinte melancólico en los colores de mi corazón, encontré una sola
certeza, una sola canción que derramó las lagrimas que empeñaban mi mirada al
verlo así y era que yo estuve ahí, que a pesar que no sabia a donde se dirigía
ese ser tan precioso, puro y risueño, yo era de las pocas que sabia exactamente
de donde venía, porque yo venía del mismo lugar, porque yo estuve con el todo
el tiempo que gastamos allí en tierras inhabitadas de una infancia que ahora se
ponía tan lejana y tan difícil de llegar, que ahora se ponía dolorosa al querer
recordar porque es un lugar al que no se puede volver, un lugar tan único que
las personas que estuvieron allí con nosotras quedarán para siempre en él.
Tuve la fortuna de atesorar esa imagen mientras se desvanecía en mi corazón
esa memoria y yo volvía a verlo reír, como si fuera en cámara lenta, apagando
el tiempo y encendiendo la luz. Le tomé una foto y volví a abrir los ojos a la
realidad que corría tan rápido que casi me la pierdo.
Pienso que esto debe pasarme casi cada vez que lo veo, y me doy cuenta
que no puedo detenerlo, ni tampoco evitarlo, pero mientras pueda hay algo que
siempre voy a hacer hasta siempre y es estar a su lado pensando siempre lo
mismo, me vea o no, solo puedo hacer eso, estar. Como un ángel de la guarda
cuidando sus pasos en la tierra mojada, riendo de sus tropezones, limpiando las
lágrimas que mojen sus mejillas y secando el sudor de su trabajo.
Ahora despertó, su teléfono había sonado, y se para sin saber bien donde
está, con la mirada perdida, me di vuelta, lo miro y le sonrío señalando su
celular para que lo encuentre. Puede que no entienda nada de las cosas que
pasan por mi mente en ese momento y será cuestión de segundos para que volvamos
a discutir, pero es lo que somos, es de donde venimos lo mismo que nos trajo
exactamente adonde estamos sentados hoy. Uno al lado del otro, quizás mucho mas
lejos de lo que la distancia no pone, pero mucho mas cerca de lo que compartir
un corazón supone. La mitad de mi alma, la sonrisa que enciende los días de
lluvia entra juegos de cartas, canciones y visitas a los abuelos. Hermano, es
una palabra que no se puede decir con sonidos, que se escribe con más letras
que esas 7, que se siente con una sola persona en este mundo y que nadie nos
puede quitar.
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