sábado, 22 de junio de 2013

La "x" de todos los tesoros

Había un lugar pequeñito, donde siempre encontraba algo nuevo cada vez que salía a explorarlo. Bichitos viviendo en los escondrijos de un árbol viejo y reseco, hojas verdes que crecían en las puntas de un cañaveral inmaduro, zapatos rotos guardados en un cajón de madera, corroídos por la lluvia, el viento y el sol, zapatos que nadie se preocupó por entrar, porque existían para eso, para que yo los encuentre en ese lugar y me divirtiera pensándoles una historia que les alegre su existencia en mi mente como un tesoro de un abuelito que había trabajado por allí.
Había aun más, tornillos jugando a ser un ejército de sombreros de metal oxidado, con un reluciente color colorado en sus cabeza y las roscas gastadas por la falta de uso, medallas extrañas con dibujos tallados con la mayor de las delicadezas, perdidos entre las hojas de los fresnos que descansaban en el piso por el viento del otoño que las había dejado caer. Hasta que un día con un rastrillo y ojos abiertos, la vi brillar a pesar de las manchas que la opacaban, la junté y decidí trabajarla, para ahora llevarla como un llaverito impecable, una reliquia de mucho valor (no económico), como trofeo de mi mismo descubrimiento.
También encontré cosas insólitas, como botellas de vidrio de distintos colores que formaban pirámides de mi altura; hormigas que bailaban alrededor de un pedacito de galletita dulce, como si festejaran, antes de alzarla entre todas y llevarlas al hormiguero; una rueda atada con una cadena oxidada, como para que no se pudiera mover (demás está decir que la liberé); y así otras cosas que guardo con sumo cuidado.
Una mañana desperté en ese espacio mágico y cuando puse los pies sobre el pasto, un vidrio frío me pinchó la piel, cuando abrí bien los ojos pude ver que no había vidrio, pero quizás había sido un hada del rocío la que había bajado durante la noche a pintar una por una en las hojas que yacían en el suelo, aun frescas de su vida en las alturas de los arboles, pintitas de agua, como cristales luminosos que con la luz del sol de la mañana aun no se animaban a desaparecer. Pensé que estaban esperando que las encuentre ahí, tan expuestas y a la vista de todos los ciegos que transitaban por encima de ellas con los pies calzados y la mente en blanco.
Como me gustaba ser una niña curiosa rondando ese lugar, a pesar que de niña sólo quedaba mi alma y que las manos ya estaban un poco desgastadas. Es ese pequeñísimo rincón del mundo, yo encontraba mi parque de diversiones, mi cajón de arena, mi mágico mundo de eterna alegría, curiosidad, ansiedad de lo viejo por volverse nuevo ante mis ojos.
Después de un tiempo no pude volver a ese lugar y un vacio se apoderó de mi alma de niña curiosa, porque no encontraba nada que me despierte tanta pasión como ese arte de mirar ese espacio que de tanto caminarlo ya lo conocía de memoria, pero siempre me guardaba algo por conocer para la próxima vez. Hasta que un día, luego de mucho esfuerzo, de muchos intentos, de muchos fracasos, encontré un nuevo lugar, un poco más grande que ese espacio, pero igual de interesante. Sin mentir, al menos para mis ojos y mis sentidos de ladrona de novedades, era inmenso, interminable. Ese lugar era el mundo entero, el que pensaba conocer, el que veía tan aburrido, monótono y gris. Con la diferencia de que ahora tenia competencia, porque ya no era mi lugar, sino que era de todos. Pero por suerte o por desgracia, mi competencia no tenia sentidos ni ganas de descubrir, estaban bien así, sumergidos en el gris de sus vidas iguales y co-ti-dia-nas.
Entonces me apoderé del mundo como mi rincón de juegos y tesoros, para mi sola.
Un día, caminando por el medio del a vereda del centro de la ciudad, esquivando las líneas de las baldosas, encontrando una que otra moneda o papelito con cartas de amor, me topé con un chico que estaba parado, quieto y mirando hacia arriba, justo frente a un árbol.
Ese chico fue el mayor descubrimiento de mi vida y les contaré por qué. Porque al verlo quieto, me paré junto a él, sin darme cuenta de que estaba pisando la línea que separaba las baldosas con mis dos pies. Lo miré a él tan encantadoramente soñando, sin pestañear, con las pupilas grandes y fijas allá arriba. Parecía tan encantado que le quise copiar. Inmediatamente miré el cielo, pero no  lo vi. En su lugar había un montón de ramas entrelazadas, llenas de hojitas verdes de todos los tamaños. Estábamos frente a un árbol grande, que nos cubría las cabezas como un paraguas. Sonreí ante la simpleza y miré con más atención. En ese momento yo también me quedé quieta, con las pupilas iluminadas y los ojos grandes. Un millón de pajaritos chiquitos, que parecían pichones se paseaban de un rama a otra, se chocaban, se besaban, jugaban, revoloteaban y volvían a empezar. Eran incontables y adorables. No se movían del árbol como si algo especial los atrajera ahí, como si fuese la casa de todos.
A partir de ese segundo, el centro cívico de la ciudad desapareció bajo mis pies y alrededor. Me quedé al lado del chico mágico y observador que había sido las gran pista de semejante descubrimiento, como la “x” que marca el lugar donde hay que cavar para encontrar el tesoro.
Nos quedamos quietos, uno al lado del otro, sin mover los ojos del árbol de los pajaritos. Sin darme cuenta le tomé la mano. Y al rato, lo miré. Para mi sorpresa, encontré otro tesoro: me estaba mirando.
Nunca más pudimos soltarnos la mano y fuimos juntos los mejores exploradores que el mundo jamás conocerá. Él se convirtió en la “x” que marcaba todos los tesoros que yo pudiese imaginar, y yo me convertí en la más curiosa de todas las almas que podían existir. Él mismo se transformó en mi mayor tesoro, y lo llevo de la mano incrédula, de que nadie lo hubiese encontrado allí antes, algo imposible de comprender, viendo la luz que irradiaba su ser. Quizás, como a veces pienso, él estuvo ahí todo el tiempo, esperando que lo encontrara, como la medalla, como los zapatos viejos, como las pintitas de cristal en las hojas.
Mi amor.


miércoles, 20 de marzo de 2013

Escribir


 Estás dentro de la casa mirando por la ventana, de frente a la luz del sol que recién enciende la mañana. Tienes los ojos achinados por el resplandor, y unas líneas rojas inyectan el blanco opaco que rodea tus pupilas, y los parpados hinchados y sombreados. Otra noche más sin dormir. La bata deja al descubierto un hombro, el pelo suelto cae enredado sobre tu espalda como una maraña traslúcida del color del amanecer. La ciudad parece una Londres dormida con la niebla que obliga a las luces de los pocos autos que andan a amontonarse y moverse en cámara lenta. El sol se encarga de secar los vidrios empañados.
Abres la ventana y sales al balcón. Miras al sol como si no encandilara, como si lo miraras a los ojos. El canto de los pájaros seria una alucinación en esta jungla de cemento que amenaza tu apartamento del 9 piso.
 Podrías tranquilamente ir a la cama, es sábado. Pero el deber llama, tu vida se escapa y tus ganas de escribir se fueron corriendo en las hojas de anoche.
 Tu mente esta mucho más lejos de los rincones que la luz alcanza y tus pies no dejan huellas ni en la arena, pero son los únicos que tocan el suelo. El resto de tu cuerpo se aferra al aire que se cuela entre las telas que ocultan la libertad.
Con la pena en el alma, giras y le das la espalda al desayuno de tu vista y te acercas al vapor que sale de la taza de café que reposa en el escritorio al lado de tu máquina de escribir, el periódico de esta mañana, una lámpara un poco destartalada, una radio que nunca se calla y el último libro que estabas leyendo, tu regalo de cumpleaños que no has terminado de desenvolver.
 Te sientas y te enfrentas a la hoja en blanco. La observas como si fuera una víctima que te suplica piedad, que te implora clemencia. Te estiras, haces sonar tus dedos y acaricias las teclas de tu Remintong, que se vuelven el gatillo del arma que aferras. Disparas y das en el blanco, la hoja se ha manchado y de a poco la tinta comienza a correr en líneas disparejas, aglutinadas entre espacios en blanco y puntos suspensivos.
La violencia de los golpes de las fichas rompen la calma de la mañana, y la cinta negra que sube y baja como si fueran los latidos del corazón, se va desenroscando de un ovillo y se vuelve a acurrucar en el carrete del otro lado. Así la habitación se va poblendo de seres extraños que desbordan la lógica de este mundo y saltan por el balcón y salen volando, con las alas de tu imaginación. Y los papeles se caen del rolete de la máquina y los reemplaza uno nuevo, blanco, impecable y lo asesinas con una mayúscula, sin vacilar ante la mancha negra de la evidencia. Una masacre está ocurriendo en el universo de los papeles limpios.
Luego de un punto y aparte, te detienes cuando una pregunta se escribe sola y te deja paralizada: “¿Cuál es el punto final de los finales?” No es la primera vez que tu máquina te hace preguntas, pero esta vez era diferente. El café está helado, el sol ya escaló el cielo, y tú sigues sentada sin encontrar una respuesta, ni un camino de vuelta al “había una vez”. ¿Quién se ha robado tus letras? ¿Quién ha apuñalado tus papeles? ¿Quién se ha llevado tus ganas de escribir?
Bajas los brazos en un estado de decadencia y abandono. Y otra pregunta se tipea lentamente sobre una línea. “¿Qué es escribir?” Todos los personajes de la habitación se esfumaron, y los papeles llenos de letras se alborotaron y comenzaron a gritar respuestas absurdas.
Sin darte cuenta de lo que haces, te apresuras a escribir una respuesta, lo primero que se te ocurrió. “escribir es desnudar el alma, es deshacerse en cada letra, en entregar el espíritu en cada verso. No es fácil y aterra a cualquier escritor. Dan ganas de llorar, gritar, morir de carcajadas, ahogarse en un vaso de agua, porque no existen palabras, ni frases, ni alas que den vuelo a la imaginación, que lleguen lo suficientemente alto como para no bajar jamás, como para nombrar esa indefinible situación que mezcla todos los sentimientos humanos en uno y se pinta como el cielo, día y noche juntos. ¿Cómo amar sin miedo? ¿Cómo mentir diciendo la verdad?
Los verdaderos escritores no dibujan sus palabras con las manos, lo hacen con el corazón. No usan tinta, solo sangre de sueños desarmados. No buscan una hoja en blanco, buscan un rincón donde imprimir sus gritos. Los sentimientos que se le escapan en los besos que no pudieron dar, y escriben versos vacios cuando la ilusión les llena el corazón. Llenan sus cajones de pilas de hojas borroneadas, de tintas corridas por las lágrimas en el papel. Eso es escribir con el corazón, cuando no se borra ni una letra y se sigue escribiendo, trazando lineadas sin sentido pero que significan mucho para uno” Cuando terminas de escribir, estas jadeando, exhausta, como si hubieras estado poseída. Entonces, ante tus ojos, tu máquina mueve una de sus fichas y pinta un punto final. Lo habías encontrado.

lunes, 28 de enero de 2013

Infancias


Ahora lo veo a él, durmiendo en el sofá, con los pies colgando afuera porque su altura no le permite encajarse en tamaño sillón a descansar… y pienso que hay cosas que me perdí, me cuestiono ¿donde estuve yo todo este tiempo para él, en qué momento creció de esa manera, como fue que no me di cuenta?
En un segundo recuerdo un millón de cosas y me detengo en una, una vez que pestañeé. Si, esa vez que cerré los ojos ante la imagen de verlo vestido con un traje, mi madre riendo emocionada, y mi papá silenciosamente orgulloso. Llevaba puesto el traje negro de mi mejor amigo, otro niño al que vi convertirse en todo un hombre en menos de un segundo. Recuerdo que en ese momento yo bromeaba sobre lo grande que le quedaba ese traje negro, era como un niño perdido dentro del disfraz de un hombre que él aun no era, y que no tenía ningún apuro en convertirse. Recuerdo que en ese momento pensaba, exactamente lo mismo que estoy pensando ahora: ¿en donde estuve todo este tiempo para él, cuando creció tanto, quién es, adonde irá? Y entre tantas preguntas que embestían mi cabeza y ponían un tinte melancólico en los colores de mi corazón, encontré una sola certeza, una sola canción que derramó las lagrimas que empeñaban mi mirada al verlo así y era que yo estuve ahí, que a pesar que no sabia a donde se dirigía ese ser tan precioso, puro y risueño, yo era de las pocas que sabia exactamente de donde venía, porque yo venía del mismo lugar, porque yo estuve con el todo el tiempo que gastamos allí en tierras inhabitadas de una infancia que ahora se ponía tan lejana y tan difícil de llegar, que ahora se ponía dolorosa al querer recordar porque es un lugar al que no se puede volver, un lugar tan único que las personas que estuvieron allí con nosotras quedarán para siempre en él.
Tuve la fortuna de atesorar esa imagen mientras se desvanecía en mi corazón esa memoria y yo volvía a verlo reír, como si fuera en cámara lenta, apagando el tiempo y encendiendo la luz. Le tomé una foto y volví a abrir los ojos a la realidad que corría tan rápido que casi me la pierdo.
Pienso que esto debe pasarme casi cada vez que lo veo, y me doy cuenta que no puedo detenerlo, ni tampoco evitarlo, pero mientras pueda hay algo que siempre voy a hacer hasta siempre y es estar a su lado pensando siempre lo mismo, me vea o no, solo puedo hacer eso, estar. Como un ángel de la guarda cuidando sus pasos en la tierra mojada, riendo de sus tropezones, limpiando las lágrimas que mojen sus mejillas y secando el sudor de su trabajo.
Ahora despertó, su teléfono había sonado, y se para sin saber bien donde está, con la mirada perdida, me di vuelta, lo miro y le sonrío señalando su celular para que lo encuentre. Puede que no entienda nada de las cosas que pasan por mi mente en ese momento y será cuestión de segundos para que volvamos a discutir, pero es lo que somos, es de donde venimos lo mismo que nos trajo exactamente adonde estamos sentados hoy. Uno al lado del otro, quizás mucho mas lejos de lo que la distancia no pone, pero mucho mas cerca de lo que compartir un corazón supone. La mitad de mi alma, la sonrisa que enciende los días de lluvia entra juegos de cartas, canciones y visitas a los abuelos. Hermano, es una palabra que no se puede decir con sonidos, que se escribe con más letras que esas 7, que se siente con una sola persona en este mundo y que nadie nos puede quitar.

Un último suspiro


Ardiente, solitaria, incierta.
Tu ausencia permanece sentada en el sillón de mi derecha.
La huella de tus dedos entre los míos, ya está seca y pesa.
Como si llevara una bolsa de plomo en mis manos.
Tu simpleza tan inentendible.
Tu eterna pulsera en la muñeca.
Tu nombre, tu música, tu voz.
Pasó tanto tiempo hasta que te volví a encontrar.
Sabio, grande, preciosamente viejo.
Conservabas la tristeza de tu mirada y llevabas la espalda derecha y la mochila bien cargada.
Te miré con los ojos de mi alma, intentando saber si la soledad te acompañaba.
O era otra, una chica, una guitarra, otro amor. Y no logré ver nada.
Tus ojos verdes y húmedos como el musgo que indica el norte,
Como el más profundo de los bosques, regado con agua de mar,
Se ennegrecían a cada paso,
Devastados, tristes y enojados.
No hay dolor que se compare a tu partida.
Pero encontrarte de nuevo, tan fuerte, tan ajeno y tan lejos…
Oh, un último suspiro te dedico, mi amor.
Un suspiro atormentado, delicadamente preparado y afinado para cuando llegara la hora del final.
Y llegó.
Un error, un malentendido.
 Como la timidez es un camino lento que nos condena a la soledad.
Eras un completo desconocido y un viejo amigo a la vez.
Hablar por educación, por amor al arte de ser humanos, de ser tú y yo un rato más.
Pierdo toda mi dignidad en un hola y bajo la cabeza,
 Pateo un par de hojas y me enfrento a un otoño más sin ti,
 A un paisaje sin tu color, a una vida que no podré conocer, a un cielo que no podré tocar jamás.
Tu ritmo, tu calidez, el sonido de tu corazón, me devuelve de un golpe a la vida.
Volteo a gustar un sabor olvidado,
El de mi nombre pronunciado con tus labios.
Un saludo, una charla general.
 Y al final una despedida, y otra más.
Y pienso en tantos años por venir,
 En atardeceres caminando de la mano bajo la lluvia,
 En amaneceres entre las sábanas arrugadas, apegadas a nuestras figuras,
En los dedos entrelazados,
En los besos olvidados, endeudados y robados.
Creo que me había olvidado que un “¿Cómo andas?
Se responde con un “bien ¿y vos?”.
Mi silencio te hizo reír una vez más, pero no dijiste nada.
 Y cuando recordé donde estaba parada,
Volví a escabullirme en tu mirada,
 Y golpeé las puertas negras de tus pupilas.
 Y esta vez, esta vez sí puede verte.
 Pensabas lo mismo que yo, después de todos esos años
El “como si hubiésemos sido hechos para caminar de la mano”
Y un “vos descalza y yo de blanco en la arena, capaz que al atardecer. Y todos de blanco también”
Seguían en pie en tu mente,
 Golpeaban con fuerza la reja de la jaula de tus recuerdos, de tus deseos.
Oh, un último suspiro te dedicaré, mi amor.
 Un silencio final a la memoria de tu soledad.
He vuelto y esta vez para quedarme.
Y otra escena se aparece, un par de meses después.
Una manta sobre la arena, mojada en su borde por las olas que acariciaban la orilla del mar.
Un rasguido calla a los pájaros que vuelan en lo alto y buscan que pescar,
Tus manos bailan entre las cuerdas
 Y tu pensamiento se aferra a mi cintura desnuda al sol.
Tu voz rompe los esquemas de mi pensamiento
Y suspende las letras que dibujaba mi pluma sobre el papel.
Un beso tierno en la frente y suena nuestra canción.
Un último suspiro te dedico, mi amor.
Una última carta de esperanza para el corazón,
De archivo para la memoria de una vida infeliz sin decisión.
 “si todo es una foto quiero estar, al lado tuyo quiero estar, al lado tuyo”

Me sigues inspirando ladrón de letras y de corazones enamorados, inocentes.
Dueño de mi ira, mi furia y mi dolor.
 Con lo que duele decir adiós,
Prefiero pelear contigo hasta que me quieras,
Prefiero dejarme vencer por tu olvido,
Prefiero dejarme caer a los pies de tu espera.

Cámara


Una red para atrapar mariposas, un piedra para arrojar al río, un beso eterno. La posibilidad de volar, de detener el tiempo, de recortar los rincones que la luz revela. La eternidad en un clic, La pasión, el afán de querer colgar el infinito en un cartón fino, con los colores tallados y las formas más perfectas y reales, tan reales que parecen fuera de este mundo. Los instantes que nadie vivió, los recuerdos que todos olvidaron, las caras que nadie vio y las luces que jamás se apagaron. Todo, todo en una cajita oscura, en una tira amarronada, un montón de espejitos brillosos y una mira como misil que mata el tiempo cuando el botón se dispara.

El final de la espera


Si para recordarte has de ser primero un olvido, un pasado, entonces bórrate de mi memoria y sé por siempre mi presente, mi eterno arcoíris del cielo que siempre está en su inmensidad sobre mí, con su sol o su luna, escondido detrás de unas nubes grises o tenuemente alumbrado por las estrellas.


No te alejes de mi corazón, quédate.
Esa extraña sensación de que el mundo desaparece alrededor y bajo nuestros pies.
Ese amor que todos notan y no intentamos esconder.
Esa caricia, ese lugar de tus manos en mi piel.
Esos besos, esos roses de los labios por la figura.
Esas risas incontenibles, miradas imposibles de sostener.
Sencillez y pasión.
Escondites, locura, amor.
Cuanto tiempo esperando el respeto de mis silencios, mis lecturas,
La compañía callada y comprensiva.
Las miradas que se esperan, se cruzan, se chocan, se funden.
Milagroso brillo de las pupilas enamoradas de una figura intocable.
Contemplación sin fin de la belleza del querer.

Despertar con el roce de tu mano en mi mejilla y abrir los ojos solo para encontrar tu sonrisa
Despegar la cabeza de la almohada para acercarme y besarte la frente
Mirarte fuerte para escuchar el primer “buen día” de mi vida.
“Buen día”… resuenan en mi cabeza ese par de palabras y se apoderan el corazón.
La adicción había nacido esa mañana y no quería salir jamás.
Un círculo, un vicio, una elección.
La explosiones de sinceridad en los rostros que se iluminan en los ojos del otro,
Que buscan desesperadamente saber dónde está su espejo favorito,
El único capaz de devolver la imagen más fiel de su alma,
Al otro lado de este mundo,
A la vuelta de la figura desnuda que descansa al lado en la cama.