Había un lugar pequeñito, donde siempre encontraba algo
nuevo cada vez que salía a explorarlo. Bichitos viviendo en los escondrijos de
un árbol viejo y reseco, hojas verdes que crecían en las puntas de un cañaveral
inmaduro, zapatos rotos guardados en un cajón de madera, corroídos por la
lluvia, el viento y el sol, zapatos que nadie se preocupó por entrar, porque
existían para eso, para que yo los encuentre en ese lugar y me divirtiera
pensándoles una historia que les alegre su existencia en mi mente como un
tesoro de un abuelito que había trabajado por allí.
Había aun más, tornillos jugando a ser un ejército de
sombreros de metal oxidado, con un reluciente color colorado en sus cabeza y
las roscas gastadas por la falta de uso, medallas extrañas con dibujos tallados
con la mayor de las delicadezas, perdidos entre las hojas de los fresnos que
descansaban en el piso por el viento del otoño que las había dejado caer. Hasta
que un día con un rastrillo y ojos abiertos, la vi brillar a pesar de las
manchas que la opacaban, la junté y decidí trabajarla, para ahora llevarla como
un llaverito impecable, una reliquia de mucho valor (no económico), como trofeo
de mi mismo descubrimiento.
También encontré cosas insólitas, como botellas de vidrio de
distintos colores que formaban pirámides de mi altura; hormigas que bailaban
alrededor de un pedacito de galletita dulce, como si festejaran, antes de
alzarla entre todas y llevarlas al hormiguero; una rueda atada con una cadena
oxidada, como para que no se pudiera mover (demás está decir que la liberé); y
así otras cosas que guardo con sumo cuidado.
Una mañana desperté en ese espacio mágico y cuando puse los
pies sobre el pasto, un vidrio frío me pinchó la piel, cuando abrí bien los
ojos pude ver que no había vidrio, pero quizás había sido un hada del rocío la
que había bajado durante la noche a pintar una por una en las hojas que yacían
en el suelo, aun frescas de su vida en las alturas de los arboles, pintitas de
agua, como cristales luminosos que con la luz del sol de la mañana aun no se
animaban a desaparecer. Pensé que estaban esperando que las encuentre ahí, tan
expuestas y a la vista de todos los ciegos que transitaban por encima de ellas
con los pies calzados y la mente en blanco.
Como me gustaba ser una niña curiosa rondando ese lugar, a
pesar que de niña sólo quedaba mi alma y que las manos ya estaban un poco
desgastadas. Es ese pequeñísimo rincón del mundo, yo encontraba mi parque de
diversiones, mi cajón de arena, mi mágico mundo de eterna alegría, curiosidad,
ansiedad de lo viejo por volverse nuevo ante mis ojos.
Después de un tiempo no pude volver a ese lugar y un vacio
se apoderó de mi alma de niña curiosa, porque no encontraba nada que me
despierte tanta pasión como ese arte de mirar ese espacio que de tanto caminarlo
ya lo conocía de memoria, pero siempre me guardaba algo por conocer para la
próxima vez. Hasta que un día, luego de mucho esfuerzo, de muchos intentos, de
muchos fracasos, encontré un nuevo lugar, un poco más grande que ese espacio,
pero igual de interesante. Sin mentir, al menos para mis ojos y mis sentidos de
ladrona de novedades, era inmenso, interminable. Ese lugar era el mundo entero,
el que pensaba conocer, el que veía tan aburrido, monótono y gris. Con la
diferencia de que ahora tenia competencia, porque ya no era mi lugar, sino que
era de todos. Pero por suerte o por desgracia, mi competencia no tenia sentidos
ni ganas de descubrir, estaban bien así, sumergidos en el gris de sus vidas
iguales y co-ti-dia-nas.
Entonces me apoderé del mundo como mi rincón de juegos y
tesoros, para mi sola.
Un día, caminando por el medio del a vereda del centro de la
ciudad, esquivando las líneas de las baldosas, encontrando una que otra moneda
o papelito con cartas de amor, me topé con un chico que estaba parado, quieto y
mirando hacia arriba, justo frente a un árbol.
Ese chico fue el mayor descubrimiento de mi vida y les
contaré por qué. Porque al verlo quieto, me paré junto a él, sin darme cuenta
de que estaba pisando la línea que separaba las baldosas con mis dos pies. Lo
miré a él tan encantadoramente soñando, sin pestañear, con las pupilas grandes
y fijas allá arriba. Parecía tan encantado que le quise copiar. Inmediatamente
miré el cielo, pero no lo vi. En su
lugar había un montón de ramas entrelazadas, llenas de hojitas verdes de todos
los tamaños. Estábamos frente a un árbol grande, que nos cubría las cabezas
como un paraguas. Sonreí ante la simpleza y miré con más atención. En ese
momento yo también me quedé quieta, con las pupilas iluminadas y los ojos grandes.
Un millón de pajaritos chiquitos, que parecían pichones se paseaban de un rama
a otra, se chocaban, se besaban, jugaban, revoloteaban y volvían a empezar.
Eran incontables y adorables. No se movían del árbol como si algo especial los
atrajera ahí, como si fuese la casa de todos.
A partir de ese segundo, el centro cívico de la ciudad
desapareció bajo mis pies y alrededor. Me quedé al lado del chico mágico y
observador que había sido las gran pista de semejante descubrimiento, como la
“x” que marca el lugar donde hay que cavar para encontrar el tesoro.
Nos quedamos quietos, uno al lado del otro, sin mover los
ojos del árbol de los pajaritos. Sin darme cuenta le tomé la mano. Y al rato,
lo miré. Para mi sorpresa, encontré otro tesoro: me estaba mirando.
Nunca más pudimos soltarnos la mano y fuimos juntos los
mejores exploradores que el mundo jamás conocerá. Él se convirtió en la “x” que
marcaba todos los tesoros que yo pudiese imaginar, y yo me convertí en la más
curiosa de todas las almas que podían existir. Él mismo se transformó en mi
mayor tesoro, y lo llevo de la mano incrédula, de que nadie lo hubiese
encontrado allí antes, algo imposible de comprender, viendo la luz que
irradiaba su ser. Quizás, como a veces pienso, él estuvo ahí todo el tiempo, esperando
que lo encontrara, como la medalla, como los zapatos viejos, como las pintitas
de cristal en las hojas.
Mi amor.
