Estás dentro de la casa mirando por la ventana, de frente a la luz
del sol que recién enciende la mañana. Tienes los ojos achinados por el
resplandor, y unas líneas rojas inyectan el blanco opaco que rodea tus pupilas,
y los parpados hinchados y sombreados. Otra noche más sin dormir. La bata deja
al descubierto un hombro, el pelo suelto cae enredado sobre tu espalda como una
maraña traslúcida del color del amanecer. La ciudad parece una Londres dormida con
la niebla que obliga a las luces de los pocos autos que andan a amontonarse y
moverse en cámara lenta. El sol se encarga de secar los vidrios empañados.
Abres la ventana y sales al balcón.
Miras al sol como si no encandilara, como si lo miraras a los ojos. El canto de
los pájaros seria una alucinación en esta jungla de cemento que amenaza tu
apartamento del 9 piso.
Podrías tranquilamente ir a la cama, es
sábado. Pero el deber llama, tu vida se escapa y tus ganas de escribir se
fueron corriendo en las hojas de anoche.
Tu mente esta mucho más lejos de los rincones
que la luz alcanza y tus pies no dejan huellas ni en la arena, pero son los
únicos que tocan el suelo. El resto de tu cuerpo se aferra al aire que se cuela
entre las telas que ocultan la libertad.
Con la pena en el alma, giras y le
das la espalda al desayuno de tu vista y te acercas al vapor que sale de la
taza de café que reposa en el escritorio al lado de tu máquina de escribir, el
periódico de esta mañana, una lámpara un poco destartalada, una radio que nunca
se calla y el último libro que estabas leyendo, tu regalo de cumpleaños que no
has terminado de desenvolver.
Te sientas y te enfrentas a la hoja en blanco.
La observas como si fuera una víctima que te suplica piedad, que te implora
clemencia. Te estiras, haces sonar tus dedos y acaricias las teclas de tu
Remintong, que se vuelven el gatillo del arma que aferras. Disparas y das en el
blanco, la hoja se ha manchado y de a poco la tinta comienza a correr en líneas
disparejas, aglutinadas entre espacios en blanco y puntos suspensivos.
La violencia de los golpes de las
fichas rompen la calma de la mañana, y la cinta negra que sube y baja como si
fueran los latidos del corazón, se va desenroscando de un ovillo y se vuelve a
acurrucar en el carrete del otro lado. Así la habitación se va poblendo de
seres extraños que desbordan la lógica de este mundo y saltan por el balcón y
salen volando, con las alas de tu imaginación. Y los papeles se caen del rolete
de la máquina y los reemplaza uno nuevo, blanco, impecable y lo asesinas con
una mayúscula, sin vacilar ante la mancha negra de la evidencia. Una masacre
está ocurriendo en el universo de los papeles limpios.
Luego de un punto y aparte, te
detienes cuando una pregunta se escribe sola y te deja paralizada: “¿Cuál es el
punto final de los finales?” No es la primera vez que tu máquina te hace
preguntas, pero esta vez era diferente. El café está helado, el sol ya escaló
el cielo, y tú sigues sentada sin encontrar una respuesta, ni un camino de
vuelta al “había una vez”. ¿Quién se ha robado tus letras? ¿Quién ha apuñalado
tus papeles? ¿Quién se ha llevado tus ganas de escribir?
Bajas los brazos en un estado de
decadencia y abandono. Y otra pregunta se tipea lentamente sobre una línea.
“¿Qué es escribir?” Todos los personajes de la habitación se esfumaron, y los
papeles llenos de letras se alborotaron y comenzaron a gritar respuestas
absurdas.
Sin darte cuenta de lo que haces, te apresuras a
escribir una respuesta, lo primero que se te ocurrió. “escribir es desnudar el alma, es
deshacerse en cada letra, en entregar el espíritu en cada verso. No es fácil y
aterra a cualquier escritor. Dan ganas de llorar, gritar, morir de carcajadas,
ahogarse en un vaso de agua, porque no existen palabras, ni frases, ni alas que
den vuelo a la imaginación, que lleguen lo suficientemente alto como para no
bajar jamás, como para nombrar esa indefinible situación que mezcla todos los
sentimientos humanos en uno y se pinta como el cielo, día y noche juntos. ¿Cómo
amar sin miedo? ¿Cómo mentir diciendo la verdad?
Los verdaderos escritores no dibujan sus palabras con
las manos, lo hacen con el corazón. No usan tinta, solo sangre de sueños
desarmados. No buscan una hoja en blanco, buscan un rincón donde imprimir sus
gritos. Los sentimientos que se le escapan en los besos que no pudieron dar, y
escriben versos vacios cuando la ilusión les llena el corazón. Llenan sus
cajones de pilas de hojas borroneadas, de tintas corridas por las lágrimas en
el papel. Eso es escribir con el corazón, cuando no se borra ni una letra y se
sigue escribiendo, trazando lineadas sin sentido pero que significan mucho para
uno” Cuando terminas de escribir, estas jadeando, exhausta, como si hubieras
estado poseída. Entonces, ante tus ojos, tu máquina mueve una de sus fichas y
pinta un punto final. Lo habías encontrado.