lunes, 28 de enero de 2013

Infancias


Ahora lo veo a él, durmiendo en el sofá, con los pies colgando afuera porque su altura no le permite encajarse en tamaño sillón a descansar… y pienso que hay cosas que me perdí, me cuestiono ¿donde estuve yo todo este tiempo para él, en qué momento creció de esa manera, como fue que no me di cuenta?
En un segundo recuerdo un millón de cosas y me detengo en una, una vez que pestañeé. Si, esa vez que cerré los ojos ante la imagen de verlo vestido con un traje, mi madre riendo emocionada, y mi papá silenciosamente orgulloso. Llevaba puesto el traje negro de mi mejor amigo, otro niño al que vi convertirse en todo un hombre en menos de un segundo. Recuerdo que en ese momento yo bromeaba sobre lo grande que le quedaba ese traje negro, era como un niño perdido dentro del disfraz de un hombre que él aun no era, y que no tenía ningún apuro en convertirse. Recuerdo que en ese momento pensaba, exactamente lo mismo que estoy pensando ahora: ¿en donde estuve todo este tiempo para él, cuando creció tanto, quién es, adonde irá? Y entre tantas preguntas que embestían mi cabeza y ponían un tinte melancólico en los colores de mi corazón, encontré una sola certeza, una sola canción que derramó las lagrimas que empeñaban mi mirada al verlo así y era que yo estuve ahí, que a pesar que no sabia a donde se dirigía ese ser tan precioso, puro y risueño, yo era de las pocas que sabia exactamente de donde venía, porque yo venía del mismo lugar, porque yo estuve con el todo el tiempo que gastamos allí en tierras inhabitadas de una infancia que ahora se ponía tan lejana y tan difícil de llegar, que ahora se ponía dolorosa al querer recordar porque es un lugar al que no se puede volver, un lugar tan único que las personas que estuvieron allí con nosotras quedarán para siempre en él.
Tuve la fortuna de atesorar esa imagen mientras se desvanecía en mi corazón esa memoria y yo volvía a verlo reír, como si fuera en cámara lenta, apagando el tiempo y encendiendo la luz. Le tomé una foto y volví a abrir los ojos a la realidad que corría tan rápido que casi me la pierdo.
Pienso que esto debe pasarme casi cada vez que lo veo, y me doy cuenta que no puedo detenerlo, ni tampoco evitarlo, pero mientras pueda hay algo que siempre voy a hacer hasta siempre y es estar a su lado pensando siempre lo mismo, me vea o no, solo puedo hacer eso, estar. Como un ángel de la guarda cuidando sus pasos en la tierra mojada, riendo de sus tropezones, limpiando las lágrimas que mojen sus mejillas y secando el sudor de su trabajo.
Ahora despertó, su teléfono había sonado, y se para sin saber bien donde está, con la mirada perdida, me di vuelta, lo miro y le sonrío señalando su celular para que lo encuentre. Puede que no entienda nada de las cosas que pasan por mi mente en ese momento y será cuestión de segundos para que volvamos a discutir, pero es lo que somos, es de donde venimos lo mismo que nos trajo exactamente adonde estamos sentados hoy. Uno al lado del otro, quizás mucho mas lejos de lo que la distancia no pone, pero mucho mas cerca de lo que compartir un corazón supone. La mitad de mi alma, la sonrisa que enciende los días de lluvia entra juegos de cartas, canciones y visitas a los abuelos. Hermano, es una palabra que no se puede decir con sonidos, que se escribe con más letras que esas 7, que se siente con una sola persona en este mundo y que nadie nos puede quitar.

Un último suspiro


Ardiente, solitaria, incierta.
Tu ausencia permanece sentada en el sillón de mi derecha.
La huella de tus dedos entre los míos, ya está seca y pesa.
Como si llevara una bolsa de plomo en mis manos.
Tu simpleza tan inentendible.
Tu eterna pulsera en la muñeca.
Tu nombre, tu música, tu voz.
Pasó tanto tiempo hasta que te volví a encontrar.
Sabio, grande, preciosamente viejo.
Conservabas la tristeza de tu mirada y llevabas la espalda derecha y la mochila bien cargada.
Te miré con los ojos de mi alma, intentando saber si la soledad te acompañaba.
O era otra, una chica, una guitarra, otro amor. Y no logré ver nada.
Tus ojos verdes y húmedos como el musgo que indica el norte,
Como el más profundo de los bosques, regado con agua de mar,
Se ennegrecían a cada paso,
Devastados, tristes y enojados.
No hay dolor que se compare a tu partida.
Pero encontrarte de nuevo, tan fuerte, tan ajeno y tan lejos…
Oh, un último suspiro te dedico, mi amor.
Un suspiro atormentado, delicadamente preparado y afinado para cuando llegara la hora del final.
Y llegó.
Un error, un malentendido.
 Como la timidez es un camino lento que nos condena a la soledad.
Eras un completo desconocido y un viejo amigo a la vez.
Hablar por educación, por amor al arte de ser humanos, de ser tú y yo un rato más.
Pierdo toda mi dignidad en un hola y bajo la cabeza,
 Pateo un par de hojas y me enfrento a un otoño más sin ti,
 A un paisaje sin tu color, a una vida que no podré conocer, a un cielo que no podré tocar jamás.
Tu ritmo, tu calidez, el sonido de tu corazón, me devuelve de un golpe a la vida.
Volteo a gustar un sabor olvidado,
El de mi nombre pronunciado con tus labios.
Un saludo, una charla general.
 Y al final una despedida, y otra más.
Y pienso en tantos años por venir,
 En atardeceres caminando de la mano bajo la lluvia,
 En amaneceres entre las sábanas arrugadas, apegadas a nuestras figuras,
En los dedos entrelazados,
En los besos olvidados, endeudados y robados.
Creo que me había olvidado que un “¿Cómo andas?
Se responde con un “bien ¿y vos?”.
Mi silencio te hizo reír una vez más, pero no dijiste nada.
 Y cuando recordé donde estaba parada,
Volví a escabullirme en tu mirada,
 Y golpeé las puertas negras de tus pupilas.
 Y esta vez, esta vez sí puede verte.
 Pensabas lo mismo que yo, después de todos esos años
El “como si hubiésemos sido hechos para caminar de la mano”
Y un “vos descalza y yo de blanco en la arena, capaz que al atardecer. Y todos de blanco también”
Seguían en pie en tu mente,
 Golpeaban con fuerza la reja de la jaula de tus recuerdos, de tus deseos.
Oh, un último suspiro te dedicaré, mi amor.
 Un silencio final a la memoria de tu soledad.
He vuelto y esta vez para quedarme.
Y otra escena se aparece, un par de meses después.
Una manta sobre la arena, mojada en su borde por las olas que acariciaban la orilla del mar.
Un rasguido calla a los pájaros que vuelan en lo alto y buscan que pescar,
Tus manos bailan entre las cuerdas
 Y tu pensamiento se aferra a mi cintura desnuda al sol.
Tu voz rompe los esquemas de mi pensamiento
Y suspende las letras que dibujaba mi pluma sobre el papel.
Un beso tierno en la frente y suena nuestra canción.
Un último suspiro te dedico, mi amor.
Una última carta de esperanza para el corazón,
De archivo para la memoria de una vida infeliz sin decisión.
 “si todo es una foto quiero estar, al lado tuyo quiero estar, al lado tuyo”

Me sigues inspirando ladrón de letras y de corazones enamorados, inocentes.
Dueño de mi ira, mi furia y mi dolor.
 Con lo que duele decir adiós,
Prefiero pelear contigo hasta que me quieras,
Prefiero dejarme vencer por tu olvido,
Prefiero dejarme caer a los pies de tu espera.

Cámara


Una red para atrapar mariposas, un piedra para arrojar al río, un beso eterno. La posibilidad de volar, de detener el tiempo, de recortar los rincones que la luz revela. La eternidad en un clic, La pasión, el afán de querer colgar el infinito en un cartón fino, con los colores tallados y las formas más perfectas y reales, tan reales que parecen fuera de este mundo. Los instantes que nadie vivió, los recuerdos que todos olvidaron, las caras que nadie vio y las luces que jamás se apagaron. Todo, todo en una cajita oscura, en una tira amarronada, un montón de espejitos brillosos y una mira como misil que mata el tiempo cuando el botón se dispara.

El final de la espera


Si para recordarte has de ser primero un olvido, un pasado, entonces bórrate de mi memoria y sé por siempre mi presente, mi eterno arcoíris del cielo que siempre está en su inmensidad sobre mí, con su sol o su luna, escondido detrás de unas nubes grises o tenuemente alumbrado por las estrellas.


No te alejes de mi corazón, quédate.
Esa extraña sensación de que el mundo desaparece alrededor y bajo nuestros pies.
Ese amor que todos notan y no intentamos esconder.
Esa caricia, ese lugar de tus manos en mi piel.
Esos besos, esos roses de los labios por la figura.
Esas risas incontenibles, miradas imposibles de sostener.
Sencillez y pasión.
Escondites, locura, amor.
Cuanto tiempo esperando el respeto de mis silencios, mis lecturas,
La compañía callada y comprensiva.
Las miradas que se esperan, se cruzan, se chocan, se funden.
Milagroso brillo de las pupilas enamoradas de una figura intocable.
Contemplación sin fin de la belleza del querer.

Despertar con el roce de tu mano en mi mejilla y abrir los ojos solo para encontrar tu sonrisa
Despegar la cabeza de la almohada para acercarme y besarte la frente
Mirarte fuerte para escuchar el primer “buen día” de mi vida.
“Buen día”… resuenan en mi cabeza ese par de palabras y se apoderan el corazón.
La adicción había nacido esa mañana y no quería salir jamás.
Un círculo, un vicio, una elección.
La explosiones de sinceridad en los rostros que se iluminan en los ojos del otro,
Que buscan desesperadamente saber dónde está su espejo favorito,
El único capaz de devolver la imagen más fiel de su alma,
Al otro lado de este mundo,
A la vuelta de la figura desnuda que descansa al lado en la cama.